CLICTIVISMO

CLICTIVISMO

«El vértigo de los tiempos modernos nos obliga a adaptarnos a nuevas formas de lenguaje y a conocer neologismos más o menos oportunos que empiezan a pulular por los medios de comunicación hasta adueñarse del habla común»

JUAN CARLOS FERNÁNDEZ

El vértigo de los tiempos modernos nos obliga a adaptarnos a nuevas formas de lenguaje y, en consecuencia, a conocer neologismos, más o menos oportunos, que empiezan a pulular por los medios de comunicación hasta adueñarse del habla común. Esto es normal, al fin y al cabo la lengua es un órgano vivo que se nutre del uso entre las gentes. Como consecuencia del progreso tecnológico, muy especialmente en lo relacionado con eso que damos en llamar las tecnologías de la información y de la comunicación, muchas de esas palabras (o palabros) que surgen están directamente relacionadas con los usos informáticos o tecnológicos. De este modo descubro el vocablo «clictivismo», aunque no creo que la Real Academia haya avalado esta voz. Se trata, según creo, del activismo en las redes sociales, supongo que a base de marcar «me gusta». Por cierto, tengo entendido que la escasa respuesta con pulgares mirando al cielo llega a provocar traumas, sobre todo en adolescentes. (¿Sabe alguien hasta cuándo, hogaño, se es adolescente?).

De modo que eso de las redes sociales, que tienen algunas virtudes, puede llegar a convertirse en obsesión y, por lo tanto, en tiranía. Pero la moda es la moda, y hoy día cualquiera con algo de tiempo puede expresarse libremente en eso que muy acertadamente ha denominado Guy Sorman como «Galaxia Zuckerberg», por el todopoderoso amo del Facebook. Lo que pasa es que, como tengo dicho en alguna parte, cualquier majadero con un teclado puede decir lo que le venga en gana, insultar a discreción y mentir sin mesura sin que nada pase, salvo muy excepcionalmente. Y que conste que soy de los que creen en la libertad de expresión, y en el «efecto irradiante» de la libertad de información (Tribunal Constitucional dixit). Aunque también defiendo que los derechos no son ilimitados, claro. Pero no quiero desviarme de la cuestión, no es de eso de lo que quiero hablarles hoy.

Mi preocupación viene por comprobar cómo ese sofisma que predica la superioridad de la «democracia participativa» frente a la representativa tiende a extenderse. De ese modo, obsevamos cómo, con absoluto desparpajo, en algunos partidos que hunden sus raíces en el leninismo se mesan las barbas clamando por una democracia «real», y buscan el clamor del asamblearismo para, después, en el politburó, rendir los antiguos cultos al líder, al partido y a la lucha de clases o a sus sustitutos posmodernos. Y como extensión de ese fenómeno de abducción de las masas en base a hacerles creer que lo realmente democrático es el estado de referéndum perenne, aparece el uso masivo de las redes sociales como modernísimo canal de extensión del rumor. El rumor, el «me han dicho de buena fuente», el «lo que yo te diga», ahora encuentran un fértil campo en esas páginas de internet en las que cualquier espíritu con una mínima sensibilidad debe trastear con pinzas en la nariz. Así, se orquestan campañas para expeler mensajes que se sabe serán reforzados con el suficiente número de clics, que serán reexpedidos para que difundan por doquier, y poco importa la veracidad del contenido. De lo que se trata es de agitar. Agitación y propaganda, ya saben.

Y esto es un problema, aunque, permítanme que insista, debe prevalecer la libertad de expresión. Pero el bulo no es ni expresión legítima ni información. Ni el insulto forma parte de la esfera del ejercicio del sentir ciudadano. Y desde luego, nadie ha podido demostrar empíricamente, antes al contrario, que la democracia representativa tenga alternativas mejores. Sorman manifiesta con buen criterio su preocupación al constatar que «el presidente estadounidense se pase por alto las instituciones, que los chalecos amarillos ignoren que en Francia hay un Parlamento y que las feministas denuncien a lo loco, sin pasar por la justicia». Y remata el ensayista: «¿Cómo vivir civilmente en sociedad en un mundo sin instituciones moderadoras?».

La cuestión no es baladí porque representa la tensión entre los fenómenos populistas o pseudopopulistas y la razón experimentada de la representación de la soberanía nacional. El transgredir las normas sin empacho y ningunear a los poderes legítimos, frente a la responsabilidad y la sensatez.

Es evidente que el fenómeno tiene una faceta más liviana, pero no menos chocante. Venimos empleando los modernísimos medios para eludir el contacto personal. Nos basta con un whatssap, o como demonios se escriba, o con publicar algo en las redes para dar por cumplida nuestra necesidad de comunicarnos. A título particular puede parecernos cómodo, interesante o una estupidez. Pero en el ámbito institucional el abuso no conduce a ninguna parte: sirve como aislante y conduce, tarde o temprano, a tomar la acumulación de «me gusta» por la razón de las cosas, lo que nos lleva melancólicamente a la nada. Me parece.