¿Sentimos Europa?

  • Artículo de Opinión de Juan Carlos Fernández

No sé si será porque los árboles no nos dejan ver el bosque o, quizá, porque la rutina nos adormece y nos impide percibir matices de alguna relevancia en las cosas. Seguramente, por tenerlo tan presente no nos percatamos de la magnitud del fenómeno europeo. Es más, me parece que tendemos a convertir Europa en sinónimo de un inabarcable nido de burócratas privilegiados, sin detenernos en más disquisiciones. No negaré que algo de esto hay, pero no sólo de esto se trata.

Vivimos en lo que se ha dado en llamar Unión Europea desde que un siete de febrero de 1992, año tan especial, se suscribió el celebérrimo tratado de Maastricht. Para entonces ya llevábamos seis años formando parte del selecto club entonces conocido como Comunidad Económica Europea o, antes, como Mercado Común Europeo. Es decir, pertenecíamos como miembros de pleno derecho a un proyecto que convirtió a Europa en un continente próspero, democrático y comprometido con las personas.

Pero el panorama europeo había sido muy diferente durante décadas. Se desangró el continente en dos guerras mundiales, y se levantó lo que Churchill denominó “Telón de acero”, tras el que el poder soviético sojuzgó a varias naciones. A los millones de muertos en la contienda hubo que sumar entre 40 y 50 millones de desplazados, sólo en Alemania unos seis. Este país quedó bajo la férula de las potencias vencedoras, se desgajó, fue desmilitarizado (pero las potencias mantuvieron allí su potencial bélico) y, en el oeste, se sentaron las bases para la restauración democrática, mientras que el este quedó sometido por la Unión Soviética. Hubo un proyecto, el denominado “Plan Morgenthau”, que pretendía convertir Alemania en “agrícola y pastoril”, para que no recuperase la capacidad bélica que la hiciese peligrosa. Felizmente, esto no prosperó. Por el contrario, EE. UU., con el Plan Marshall, aportó nueve mil millones de dólares que hicieron que la economía creciese espectacularmente en los países beneficiarios. Y se produjo el milagro alemán, de tal modo que en 1961, poco más de tres lustros después de la finalización de la guerra, en Alemania el paro era inferior al uno por ciento. El panorama en el lado oriental era muy distinto. El dominio de la URSS no se basaba en la colaboración con sus potencias sometidas, sino en el dominio y en la explotación de los recursos en beneficio propio.

Churchill, que había afirmado que la situación de Europa tras la guerra era “un montón de ruinas, un cementerio, un caldo de cultivo de pestilencia y odio”, también sostuvo que era necesario que Europa (en manos de las superpotencias) ocupara el lugar que le correspondía. Y empezaron los pasos: en 1949 se constituyó el Consejo de Europa, y en 1951 la Comunidad​ Europea del Carbón y el Acero, germen del futuro Mercado Común, que se constituyó en 1958. Fue la visión de grandes estadistas como Churchill, Schumann, Monnet, Spaak, De Gasperi o Adenauer la que promovió que la Europa de los desastres se encaminase hacia un futuro de paz que pocos años atrás parecía impensable.

La Europa a la que años después nos incorporamos es la del progreso, la del Estado del Bienestar, la de la democracia. Nosotros aquí sabemos muy bien qué nos ha supuesto pertenecer a la Unión. Nuestra economía ha sido inyectada (y sigue siéndolo) con fondos de distinta naturaleza que han ayudado de modo absolutamente visible a que nuestras infraestructuras poco o nada tengan que ver con las que padecíamos hace cuarenta años. En nuestros ayuntamientos, muchos puestos de trabajo han venido financiados por el Fondo Social Europeo; este también ha servido para el sostenimiento de enseñanzas de Formación Profesional. Los alumnos disfrutan de programas como el Erasmus, que (diversión aparte) les ponen en contacto directo con otros sistemas de enseñanza, con otros modos de vida. Los ciudadanos atravesamos las fronteras con total libertad, sin tener que detenernos...

Como no hay paraíso sin serpiente, Europa tiene problemas, y muy graves: la crisis económica que ha zarandeado el bienestar, los refugiados, el terrorismo, los populismos, la inadaptación cultural de muchos, los nacionalismos, el brexit... pero también, y vuelvo por donde empezaba, la falta de auténtica conciencia de lo que es y significa Europa.

Porque no sólo formamos parte de un vasto mercado único. Ni las instituciones son únicamente una ubre aparentemente inagotable. Europa es, sobre todo, ante todo, un ámbito en el que se ha acrisolado un tesoro cultural cuajado de valores; es la cuna de un humanismo que interpreta del mejor modo posible la condición humana. Europa es, debe ser, un afán cultural: “Europa es una condición del espíritu, no una geografía”, dice José M.ª Pozuelo Ivancos. Y don Salvador de Madariaga sostenía que Europa debía ser un modo de vida. Entender Europa exige este esfuerzo de acercarnos a los pilares de nuestra civilización, que están asentados en cimientos bien sólidos: ya saben, se dice siempre que son el derecho romano, el cristianismo (el humanismo cristiano) y la filosofía griega. Estos pilares son útiles frente a la barbarie, pero quizá no resistan la carcoma de la ignorancia y del inmediatismo. El esfuerzo para entender Europa no sólo como un conjunto de instituciones y de ciudadanos transitando sino también como el sustrato cultural al que me refería requiere del compromiso de instituciones, centros educativos, asociacionismo... De lo contrario nos arriesgamos a la desnaturalización y, a la larga, a la caducidad.

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